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12 de noviembre de 2010

El miedo a sufrir: reflexiones sobre el dolor - Roberto Assagioli -

Uno de los mayores obstáculos que se oponen a nuestro desarrollo espiritual es el miedo a sufrir. Este nos hace retroceder ante las dificultades y nos impide luchar, cortándonos las alas y paralizando nuestros más generosos impulsos. Pero también hace algo peor: con frecuencia nos induce a abandonar nuestros deberes, a faltar a nuestros compromisos internos o externos y nos hace pecar de omisión, lo cual no es a veces menos grave que caer en el exceso.
Por consiguiente, es imprescindible para todo hombre que aspire a recorrer la vía del espíritu el proponerse superar este obstáculo, venciendo o al menos atenuando su miedo a sufrir. Pero, para conseguir vencer este miedo fundamental y tan arraigado en nosotros, hay que conocer la verdadera naturaleza, el significado y la función del sufrimiento. Es necesario aprender cuál es el mejor comportamiento que podemos adoptar frente a éste, pero sobre todo también debemos aprender cómo transformarlo para que llegue a ser una verdadera fuente de bien espiritual.
La primera lección que debemos aprender con respecto al dolor es una lección de consciencia y de sabiduría. De hecho, mientras sigamos considerando el sufrimiento como un mal, como algo injusto, cruel, o como mínimo incomprensible, no seremos capaces de dominar el arte que se requiere para acogerlo, transformarlo y convertirlo en algo positivo.
En el pasado, muchos se conformaban con explicaciones dogmáticas o renunciaban a comprenderlo, amparándose en Dios; a algunos todavía les basta con ello. Pero, actualmente, la mayoría de los hombres no pueden ni quieren permanecer dentro de estos límites, y quieren conocer, comprender y llegar al menos hasta donde su razón humana y su intuición espiritual se lo permita.
A esta insuprimible exigencia del hombre moderno, y para su hambre interior, los grandes conceptos espirituales ofrecen un sano y vital alimento que le proporciona una total satisfacción, tal y como puede atestiguar por experiencia quien en ellos ha encontrado la luz, la fuerza y la paz. Dichos conceptos son bien conocidos, por lo que tan sólo acentuaremos la luz con la que alumbran el problema del dolor.
La humanidad se encuentra ahora en el arco ascendente de su evolución. Tras haber descendido hasta lo más profundo de la materia, ahora está subiendo lenta y fatigosamente hacia el espíritu, hacia su patria eterna.
El hombre, tras haber alcanzado el máximo de la separatividad, de la auto limitación y del egocentrismo, ahora debe ir ampliando gradualmente los confines de su propio yo personal restableciendo la comunicación armónica con sus semejantes, con el universo y con lo Supremo.
Cuando el hombre empieza a sentir esta íntima necesidad y este deber, se inicia en él una ardua e intensa lucha: el impulso y la tendencia a la ampliación y a la expansión chocan contra las rígidas y duras barreras de la separatividad y del egoísmo.
El alma se siente entonces como un pájaro enjaulado: prisionera de una estrecha celda; en consecuencia, se debate y sufre. Este es el estadio crítico y doloroso que precede necesariamente a la liberación—o, mejor dicho, a una primera liberación— del alma.
En el actual período de despertar espiritual, muchas personas se encuentran atravesando precisamente esta fase. A la luz de esta exposición sintética, la cual nos demuestra que el sufrimiento es algo necesario e inevitable para nuestro proceso de evolución, podremos comprender más profundamente y aceptar con más facilidad los distintos significados particulares y las diferentes funciones específicas del dolor.
En primer lugar, podemos darnos cuenta de que el sufrimiento constituye una expiación ligada a la inevitable ley de causa y efecto. Pero dicha expiación no constituye la única función del sufrimiento, ni es tampoco la más importante o esencial. El sufrimiento ayuda poderosa y directamente al ascenso y liberación del alma: la purifica, quemando con su benéfico fuego muchas de las escorias terrenas; y la esculpe, liberando del bloque de
materia informe al dios que estaba encerrado. Como dice la bella expresión: «Los dioses se forman a golpe de martillo».
Así pues, el sufrimiento templa y refuerza, desarrollando en nosotros este difícil y admirable poder de resistencia interior que es condición indispensable para el desarrollo espiritual. Muchas personas no se dan cuenta que el espíritu es algo tremendamente poderoso y que carecemos todavía de la suficiente fuerza y resistencia para acogerlo y soportarlo. Ambas cosas se desarrollan sobre todo mediante el dolor.
Además, el sufrimiento desarrolla y hace madurar todos los aspectos de nuestra conciencia,
especialmente los más profundos y sutiles. El dolor obliga a que desviemos la atención del
fantasmagórico mundo exterior, nos libera del apego hacia él y nos hace profundizar en nosotros mismos; nos hace más conscientes y nos incita a buscar consejo, luz y paz en nuestro interior y en el espíritu que anida en cada uno de nosotros. En resumen, el dolor nos despierta y hace que nos revelemos ante nosotros mismos.
Nuestro dolor, en fin, nos permite comprender mejor y compartir el dolor de los demás, lo cual nos hace más sabios y dispuestos a prestar ayuda a los que nos rodean. Como dice el hermoso verso virgiliano: «Non ignara mali, miseris succurrere disco» (no ignorando el mal, aprendo a socorrer a los infelices).
Sin embargo, llegados a este punto se podría objetar: ¿por qué, entonces, el dolor produce tan a menudo el efecto contrario? ¿Por qué a veces nos irrita, nos exaspera y nos empuja al mal, al odio y a la violencia?
Que esto es así, y ello con lamentable frecuencia, es innegable; pero no debe considerarse como un efecto necesario y fatal del dolor. Una observación psicológica mucho más profunda demuestra claramente que la mayoría de las veces estos efectos se deben a la actitud de oposición que solemos adoptar ante los acontecimientos dolorosos.
Descubriremos que este es un hecho importantísimo, sobre el cual debemos concentrar nuestra atención: las consecuencias del sufrimiento y su cualidad dependen más que nada de la actitud que asumimos frente a él, de cómo lo recibimos interiormente y de nuestras reacciones externas. San Pablo ya expresó sintéticamente esta verdad en la hermosa frase: «Hay dolores que ensalzan y dolores que abisman». Por ello vamos a examinar a continuación las diversas actitudes que podemos asumir ante el dolor y las
consecuencias que de ellas se derivan.
Si nos sentimos impotentes ante el dolor —que es lo que sucede con frecuencia— nos rebelamos contra él y el resultado es una exacerbación del dolor, un nuevo dolor que se añade al primitivo dolor formándose un círculo vicioso que da lugar a errores, culpas, obcecación, desesperación, violencia, etc.
Con las pruebas se sufre menos, al evitarse algunas de las consecuencias negativas externas, pero seguimos conservando las internas: como el abatimiento, la depresión o la aridez; de este modo de ellas no se aprenden buenas lecciones, sino meramente a soportar y a aguantar. La aceptación del dolor presupone, por el contrario, esa consciencia de la que hemos hablado anteriormente o un acto de fe: fe en Dios y en la bondad de la vida; pero para ser eficaz debe ser una fe viva y activa.
Es aceptando inteligentemente el dolor como se aprende de sus múltiples lecciones; se coopera, y ello reconforta y abrevia considerablemente el sufrimiento. Además, no es raro que suceda un hecho sorprendente: apenas bien aprendida la lección, la causa del sufrimiento desaparece. En todos y cada uno de los casos, tras la aceptación del dolor sobreviene una maravillosa serenidad, una gran fuerza moral y una profunda paz.
En ciertos casos se puede llegar a una tan plena comprensión de la función y del valor del sufrimiento, a una aceptación tan voluntariosa, que se experimenta un sentimiento de alegría incluso en medio del mayor sufrimiento. Santa Teresa —que habla de su experiencia personal al respecto en su biografía— califica de misterio a
este hecho. Pero, a la luz de estas concepciones, tal aparente misterio tiene una clara explicación. Sabemos, de hecho, que el hombre no es algo simple, sino que está compuesto de una multiplicidad psicológica. Existen en nosotros diversos niveles, por lo cual es perfectamente factible que mientras que el nivel emotivo —por ejemplo— sufre, otro nivel más elevado pueda estar gozando. Es posible, entonces, que en algunos casos el gozo y la alegría inherentes a la aceptación espiritual puedan prevalecer hasta el punto de superar el dolor y de hacerlo desaparecer directamente de la conciencia.
Estos datos, aunque demasiado sucintos e incompletos debido a la vastedad del tema y a su
complejidad, pueden al menos ayudar a comprender la profunda justificación del dolor en la vida de los hombres y su necesaria función evolutiva, así como a sentir la elevada y preciosa tarea a la que podemos ofrecerlo y consagrarlo.


Roberto Assagioli - PSICOSINTESIS: SER TRANSPERSONAL

26 de junio de 2008

Ejercicio de la Rosa - ROBERTO ASSAGIOLI

Ejercicio de la rosa
Introducción



Por regla general, tanto en Oriente como en Occidente, la flor siempre ha sido considerada y utilizada como símbolo del Sí Mismo espiritual.
En China existe un antiguo texto taoísta que trata del significado profundo de la «Flor de Oro», el cual ha sido comentado ampliamente por Jung en El Secreto de la Flor de Oro. En la India ha sido y sigue siendo utilizado el símbolo del Loto (nuestro nenúfar) que tiene las raíces en el barro, el tallo en el agua y cuyas flores se abren al aire bajo los rayos del sol.
En Persia y en Europa, se ha utilizado preferentemente la rosa. Tan sólo haré alusión al Román de la rose de los Trovadores; a la rosa mística, admirablemente descrita por Dante en el «Paraíso» (Canto XXIII); a la rosa en el centro de una cruz, símbolo de la orden de los Rosa-Cruces.
Por regla general se ha utilizado la imagen de la flor ya abierta como símbolo del Espíritu, y su visualización es sumamente sugestiva y evocadora. Pero todavía es mucho más eficaz y suscitadora de energías y de procesos psico-espirituales la utilización «dinámica» del símbolo, es decir, la visualización del pasaje, del desarrollo, del capullo cerrado a la flor totalmente abierta. El símbolo del «desarrollo» corresponde a una realidad profunda, a una ley fundamental de la vida que se manifiesta tanto en los procesos de la naturaleza como en los del alma humana.
Nuestro Ser espiritual, el Sí Mismo, que es la parte más real y esencial de nosotros, suele estar normalmente oculto, cerrado y «arrollado»; sobre todo por el cuerpo y sus sensaciones; también por las múltiples emociones e impulsos (miedos, deseos, atracciones y repulsiones, etc.), así como por una inquieta y tumultuosa actividad mental. Es necesario liberar o «ampliar» estas envolturas para que pueda revelarse el Centro Espiritual.
Esto sucede, tanto en la naturaleza como en el alma humana, en virtud de la acción admirable y misteriosa de la vitalidad, tanto biológica como psicológica, que «desde el interior» impulsa y opera de forma irresistible. Por ello, el símbolo —o, mejor dicho, el principio— del crecimiento, del desarrollo, de la evolución ha sido y sigue siendo utilizado cada vez más en la psicología y en la educación, y en él se basa tanto el concepto como la práctica de la psicosíntesis. Una de sus aplicaciones es el ejercicio que describimos a continuación:


Técnica del Ejercicio

Este ejercicio puede realizarse tanto individualmente como en grupo. En el primer caso, es necesario aprender bien sus distintas fases para poder recordarlas con facilidad. En el segundo caso, el que dirige el ejercicio, lentamente y con las pausas oportunas, lo desarrolla de la siguiente forma:
Imaginemos el capullo cerrado de una rosa. Visualicemos el tallo, las hojas y, en lo alto del tallo, el capullo. Este es de color verde, porque los sépalos todavía están cerrados y, como máximo, en la parte superior, se puede llegar a ver tan sólo un pequeño punto rosa. Procedemos a visualizarlo vividamente, manteniendo su imagen en el centro de la conciencia... Mientras lo observamos, vemos cómo poco a poco se va iniciando un lento movimiento: los sépalos comienzan a separarse dirigiendo sus extremos
hacia afuera, descubriendo así los pétalos rosados, todavía cerrados... Los sépalos se separan cada vez más... y cada vez se distingue mejor el capullo de pétalos de un tenue color rosa... Ahora, también los pétalos empiezan a extenderse... el capullo sigue abriéndose lentamente... hasta que la rosa se revela en toda su belleza y nos quedamos admirándola con alegría. Llegados a este punto, comenzamos a percibir, inhalando, el aroma de la rosa, este perfume tan característico y conocido... tenue, dulzón y agradable... lo olemos con profundo placer... El símbolo del
Perfume ha sido utilizado frecuentemente en el lenguaje religioso y místico («El olor de santidad») y también es frecuente el uso de perfumes en los ritos (incienso, etc..)
Después, visualizamos toda la planta e imaginamos la fuerza vital que brota desde las raíces hasta la flor, produciendo este desarrollo... y permanecemos contemplando este milagro de la naturaleza.
Ahora, nos identificaremos con la rosa o, más exactamente, «introyectamos» la rosa en nuestro interior...
Ahora somos, simbólicamente, una flor, una rosa. La misma Vida que anima el Universo y que ha producido el milagro de la rosa, está produciendo en nosotros un milagro similar, o incluso mayor: el desarrollo, la apertura, la irradiación de nuestro ser espiritual... y nosotros podemos cooperar conscientemente con nuestro florecimiento interior.